Bloqueos, desconexión, ansiedad en la intimidad: se trabajan. Con método, con respeto y a tu ritmo.
La terapia tántrica no sustituye a la psicoterapia ni pretende hacerlo: trabaja donde la palabra ya no llega, que es el cuerpo. Se usa cuando alguien entiende perfectamente qué le pasa y aun así no consigue cambiarlo, porque el bloqueo no está en la idea sino en cómo lo vive físicamente.
Desconexión del propio cuerpo, bloqueos en la intimidad, autoestima erótica dañada, y esas transiciones vitales —una separación, los cuarenta, un duelo— en las que uno deja de reconocerse. No hace falta traer un diagnóstico: basta con saber que algo no está fluyendo.
Sesiones individuales con una periodicidad acordada, normalmente cada una o dos semanas. En la primera se fija un objetivo concreto y se revisa cada pocas sesiones. No es un proceso abierto sin final: se sabe hacia dónde se va y cuándo se ha llegado.
Para quien no viene a resolver un problema sino a entrenar algo. Presencia, manejo de la energía, comunicación de lo que se quiere y de lo que no. Es la misma caja de herramientas, aplicada en clave de aprendizaje en lugar de en clave de sanación.
Treinta minutos por videollamada o en persona, sin coste y sin compromiso. Sirve para contar qué te trae, escuchar cómo se trabajaría y decidir con información. Si no encajamos, se dice y ya está.
La psicoterapia trabaja principalmente con la palabra y el pensamiento. La terapia tántrica entra por el cuerpo: respiración, contacto, movimiento y atención a lo que aparece. Son complementarias, y de hecho bastantes personas hacen las dos a la vez.
Depende de lo que se acuerde. Hay procesos enteramente verbales y de respiración, y otros que incorporan contacto. Se habla antes, se acuerdan los límites y se respetan sin excepción; puedes cambiar de opinión en cualquier momento.
Lo habitual son entre seis y diez para un objetivo concreto. Algunas personas vienen a una sesión suelta y otras sostienen un proceso de meses. Se revisa cada pocas sesiones para no alargar nada por inercia.